sábado, febrero 28, 2009








Garaje Copacabana:
Sendero de Poetas






En las veredas de Copacabana las olas se extienden en negro y blanco. Aquí en Las Condes tienen este color rojizo, mezcla de jojoba y poesía












De Algas y Liliums


“El olfato es un milagro que no existe en el océano, un goce que se interrumpe en el umbral salado de los mares. Todas las algas, todos los cardúmenes, todas las perlas, sin inciensos que los traduzca, sin bálsamos que los transforme.”

El olor a páginas me sobrecoge, me despierta la gratitud. Levanto los ojos del libro y lo mundano tiembla como quien guarda una sorpresa, como quien espera. Respiro, llenando mis pulmones de brisas propias, de sahumerios caseros, de hogar. Por algunos instantes todo mi pensamiento se decanta en esencias y en fragancias. El deleite se abre en un abanico muy simple e infinito. Uno a uno, los placeres vaporosos quieren volver. Quieren extenderse y celebrar.

La puerta de madera se entreabre, y un soplo me inunda el alma de aromas castaños. Un par de liliums se agitan en el jarrón, huelo sus pétalos y una estela dulce me alza las cejas. El sofá de cuero se abre majestuoso, con almohadas en los brazos y un vaho de otras vidas que me sigue el paso. Entro a la cocina y la baldosa, azul como el cielo, me perdona la inquietud. El limón recién cortado me arranca un suspiro, y me bendice en el más fugaz de los sentidos.

En el pasillo, la hija menor se me acerca, se empina sobre las puntitas de sus pies y hundo mi rostro en su pelo mojado. El amor se rebalsa, fresco y límpido, por todas las cuencas del espíritu. La voz se me abre en un racimo de tonos y, a lo alto, exhalo el verso aún tibio y perfumado: ¡Aleluya!


Flávia Álvares
Conciencia de 2008


Manifiesto

Me presento: Soy el cuaderno de un niño que va en tercero básico y, en este preciso instante en que les hablo, estoy botado en la basura de un distinguido Colegio. Estoy sucio, cerrado y de cara al cielo y a las estrellas. Hace frío y trato de abrigar los pocos versos que llevo dentro. Son versos cortos, fueron escritos con dificultad, con duda, con recelo. A mi pequeño dueño le cuesta prestar atención, le distrae la ventana abierta, el perfume de la goma, los cordones desatados de sus zapatos. A veces, se pierde en el dictado y, deja vacíos en lugar de palabras. Vacíos que están llenos de sueños, de esperanzas, de tiempos que no fueron comprendidos. Porque es cierto que el que escribe sobre mi blancura trae un trazo débil y trémulo. Pero también es cierto que estas letras mal paradas son los pilares, la base, el cemento sobre el cual se afirma este pequeño aprendiz. Por este motivo guardo mis hojas como quién guarda su alma y trato de mantenerlas libres de la intemperie y del desprecio al que fueron sometidas. Todavía no comprendo porque me han botado. Y no he llegado aquí por las manos jóvenes e inmaduras de mi pequeño dueño. Sino que, precisamente, por las manos, expertas y guiadoras, de su profesora. ¿Qué motivo le habrá llevado a tal equívoco? ¿ Qué oscuridad tan grande le habrá borrado el criterio, la dignidad, el escrúpulo, el sentimiento de respeto? ¿ Con qué valores se levanta una profesora, frente a todo su alumnado, a botar un cuaderno ? ¿ Qué suerte de enseñanza transmite el acto cobarde? Apenas un niño ha llorado. Pero, para siempre, todo un curso llevará en la memoria, el golpe sordo de estos versos primerizos contra la basura. Seguramente mañana alguien me irá recoger y partiré mezclado a otros despojos. Viajaré abrazado a estas minúsculas joyas, a estos intentos de comunicación, a estas palabras escritas con inocencia y esfuerzo. Yo, cuaderno, parto. Mi pequeño dueño sigue, ingenuo, su camino. Pero no la Poesía. La Poesía que ha sido herida en su intimidad: La palabra de un niño es el corazón mismo de la lírica. Que se rebelen todas las estrofas, que todos los vates saquen su pluma cual espada. Que la belleza y la melancolía interrumpan su canto, y el talento abra camino a la indignación. Que el lector, al final de este texto, levante su rostro como quién recupera lo perdido. Como quién lleva un cuaderno, desagraviado y abierto, estampado en los ojos.

Carabelas

Los días llegan con movimientos diferentes, con temperaturas y profundidades nuevas. Sus mareas se alternan y nos inundan con ánimos y climas siempre distintos. Los espejos nos revelan, nos desnudan el tiempo y las brújulas más exactas. Los abrazos son más que lunas, son acontecimientos que pueden provocar o concluir travesías. Que pueden naufragarnos, o revelarnos las islas más íntimas.

De las miradas fluye todo lo que no fluye de las bocas, todo lo que se represa en los labios. Los silencios dejan olas en el aire y siluetas huidizas por los pasillos. Cada uno estanca el alma a su manera y, mientras dormimos, los sueños se libran del descanso y de lo oscuro. Navegan por lo invisible, por las corrientes húmidas de la madrugada.

Pero no todo se manifiesta y los secretos, escurridizos, se rebalsan en la voz de los más jóvenes. A veces una realidad se hunde por años, pero en un día cualquiera, irrumpe tempestiva en lo cotidiano. Tras la primera, se derraman muchas otras y algunos hogares pueden verse sumergidos, con sus verdades y corazones a la deriva.

El océano de los afectos, antes que cualquier otro, es imprevisible y trae atardeceres más implacables. La vida, como la muerte, son más bien horizontes del hombre. Son crepúsculos que escapan a los mares y a los cielos. En fin, el hogar no deja de ser una aventura, un vaivén de olores y humores, de pausas y renacimientos. Un viaje que se mece entre las fauces y las cumbres del amor.

Octubre aún en botón, octavo año.

Flávia Álvares Ganem

La niña y la nuez


Descubrió que el objeto en sus manos, una taza de plástico, cuenta con una extremidad diferente. Un plano redondo y carente de material. Un espacio con menos luz y, por el cual, puede pasar su mano. La introdujo una y otra vez por este sendero recién descubierto. Se dio cuenta de que era un callejón sin salida. Apretaba el fondo con sus dedos y rascaba, con las uñas, la base interna de la taza. La dio vuelta, volvió a pararla con la boca hacia arriba. Tomó una nuez, la llevó hasta encima del nuevo hoyo, la dejó caer. Escuchó el golpe del fruto contra el círculo. Repitió más de una vez el acto. Descubría, por sus propios e inocentes intentos que existe un lado de adentro. Se cansó. Posó la taza y la nuez sobre la mesa. El pensamiento, tan nuevo como su piel, presintió el poder. Su dominio sobre estos dos objetos inanimados. Miró su mano, abrió los dedos como quién percibe un instrumento. Escogió una pera. La volcó contra la misma taza. Trató de guardarla como lo había hecho con la nuez. No pudo. No comprendió. Intentó nuevamente. Juntó las cejas: Esta otra fruta no entra, no cae, no adentra, no estalla. La apretó, con toda su fuerza, contra la boca pequeña. No resultó. Sus instintos, menos jóvenes que su pensamiento, despertaron en desorden. Le salió la rabia, la reacción contra este nuevo sentir, contra el sabor amargo de la impotencia. Lanzó sus riquezas al aire y las vio caer al suelo, castigadas, lastimadas, silenciosas. Lloró. Pidió de vuelta sus pertenencias. Las recuperó y, pegados a ellas, sus poderes y frustraciones. Todos los días recibe, a la misma hora, una nuez, una taza de plástico y una pera. Todavía no se conforma del todo, se enfada, se rebela. Pero, otras veces, se sienta a la mesa como si su pequeño ser ya hubiera nacido maduro. Como si siempre hubiera sabido que una pera no cabe en una taza de té. Mi hija es un país chico que, por tardes, entra en guerra pese a que todavía no tiene ningún enemigo. Le enseño, incansablemente, todos los días: Mañana un adulto estará levantándose desde su mundo reconociendo, disciplinadamente, los tamaños propios y los ajenos, las dimensiones que consigo comulgan y las que divergen, los engaños de la omnipotencia y las infinitas bendiciones de la templanza. La paz, más que al alcance de mis manos, crece en la cuenca vasta de mis brazos.
Flávia Álvares

viernes, febrero 27, 2009

A la dueña del pie que, creo,
existe.




El pie era maravillosamente blanco, el talón redondo como la mitad de una manzana y los dedos casi perfectos como deben ser los dedos de un pie. Creo que este pie nunca ha sido del suelo. El blanco de este pie era único, un blanco hecho de piel de mujer que no se repite en ninguna otra parte. Y este pie blanco reposaba, deslizado, dentro de una sandalia negra. Una sandalia de charol negro. Una sandalia hecha para este pie: lo recibía como recibe el hombre la mano de la amada. Que suma perfecta hacen un pie blanco y una sandalia negra. Que suma divina hacen este pie blanco y esta sandalia negra. Con un pie así yo ni pensaría en ser poeta. Me bastaría con el pie. Por otro lado, que terrible es tener esta blancura al fin del cuerpo, esto milagro a ras del suelo. Ningún cuerpo es digno de este pie, ni el más hermoso, ni el más casto. (Las uñas que se sabían uñas, eran un brillo minúsculo, un trazo de luz que se expandía en el dedo mayor). Yo nunca pensé en la cara de dios pero en este minuto él podría ser un pie. Este pie alabado por este altar negro. Este pie que traía el espesor del tiempo, blanco y preciso como una escultura.
El sol sigue brillando.

No importa cómo despierto, si fuerte o débil, si plena o nostálgica, si con aliento o desamparada. No importa el tamaño de mis guerras, el volumen de mis tristezas, las distancias que me apartan. No importan las sonrisas y las promesas, los sueños y la espera, la rosa recién nacida y el tordo feliz que bendice la rama. No importan estas líneas y el deseo inmenso de servir. Yo no importo.

No importa la arena, el destello atrapado en una ampolleta, la conquista del espacio, el azul profundo y la altura, David y su honda, el cataclismo y la miseria. No importa la genialidad, el flagelo, ni las fiestas de cumpleaños. Ningún libro importa, ninguna trova, ni la llave de fa que todo lo invierte. El mismo relámpago se parece a un suspiro. El beso no importa.

En su ardor, el astro no duda. Arde porque no conoce ni la pausa ni el desanimo. El sol sigue brillando porque sobre él flamea una fuerza mucho mayor: El amor, el amor que le devuelve la importancia a todo y a todos, que enaltece las minucias y se enciende en el misterio. El amor que alcanza por igual los mares y las montañas, la carne y el espíritu, lo ido y lo nacido. El amor que alumbra el silencio, el verso y el ojo que lo lee lleno de esperanza.

El sol sigue brillando porque él no puede comprender que haya lágrima y que haya risa, que haya día y que haya noche, que haya tempestades e injusticias, que haya muerte y que haya vida. El sol, que sólo responde al amor, brilla incesante e inexorablemente.
De las estrofas

Por lo general, me gusta ocupar toda la hoja de forma simétrica. Y me gustan los espacios dobles entre las líneas (que no vengan la una sobre la otra como apoyándose). En cuanto a las estrofas, estas definen ideas que, por tardes, se completan usando la distancia. O quizás se juntan, se abrazan y se enfatizan mutuamente.

En realidad los escritos son como la vida, como las personas, son los retratos del alma humana. Los míos traen toda suerte de páginas. Algunas abarrotadas con los versos a la deriva, otras con una sola palabra aislada en el centro blanco. Algunas perfectas como la esperanza y otras inconclusas como los amores que se terminan antes del fin.

Los vacíos, en la poesía, son respiros más profundos. Suspiros que aquí alivian, y allá debilitan. Son como los silencios, que en una conversa golpean. Y en una otra, aplauden.
Mar en Otoño


El mar que traigo adentro no me altera ni me calla. Es igual a estos otros que hacen más líquido al planeta. No lo temo ni me acerco. La necesidad inmensa de hacerse parte suya ya no está. Más bien lo guardo entre las olas azules del recuerdo. Antes lo asociaba al misterio, a lo inexorable, a la divinidad. Hoy lo contemplo sin aturdirme, sin entregarme a lo inalcanzable. Al contrario, lo enfrento con lo que traigo de concluso, con lo que me define y explica. Mi alma no se encuentra más entre las algas, entre los velos anaranjados del crepúsculo. Ahora anda agarrada a mi existencia, a la intimidad de los párpados, a cada uno de mis pasos. A veces me agota su constancia, su peso implacable sobre el instante. Hace muy poco, me bastaba con el aire salado para emprender un viaje, para irme sin anclas ni rumbo. Pero esto de estar presente me ha creado necesidades nuevas como los barcos y las islas. (La conciencia es una bendita luz que no se apaga nunca, ni en el sueño más profundo). El mar ahora es apenas mar sin ninguna otra metáfora, diferente de la poesía, que mece la eternidad, que no cansa nunca de inundarme y sorprenderme. Por suerte me quedan las hojas indefensas y el lápiz, el océano albo y sus remolinos de versos.
Magnífica



Me estremece
el alborozo del rosado y del amarillo
sobre las hojas mustias que apenas respiran.

Me sobrecogen
las ramas incendiadas de abril,
los árboles mudos y erguidos
en el centro doloroso del milagro.

Yo, mujer,
encuentro tan bella esta muerte,
tan hermoso el viaje dorado hacia el suelo,
hacia el polvo, hacia el misterio.

¿Alguna vida encontrará magia en mi calavera?
quizás algún insecto interrumpa su glorioso salto
para verme trizar y desaparecer en otros colores.

Quizás este otoño humano que corre bajo tierra
sea tan conmovedor
como este otro que vuela bajo el cielo.

Lívida,
habré de acordarme que lo que agoniza
también embellece.
Y habré de sentirme magnífica.
Talento y Verso


Cuantas veces escuchamos sobre los matices tristes y prolíferos del talento, y sobre la escasez de versos de la alegría. Es cierto, la melancolía es más productiva que la dicha, pero no por capacidad sino que por urgencia. Simplemente, es más necesario compartir el pesar que la plenitud. Es más imperioso relatar lo que todavía no se concluye, lo que aún nos falta por comprender.

Escribir desde la falta es escribir para uno mismo y compartirlo. Escribir desde el entusiasmo es escribir para el otro y regalarlo. Son caminos distintos que se potencian y se perfeccionan entre sí. En el primero nos entregamos en las hojas y lo participamos con la esperanza de ser acompañados y acogidos. En el segundo, levantamos la pluma con la firme convicción de que podemos amar y servir con nuestro testimonio de vida y de fe.

Todos necesitamos de las dos fuentes, algunos más de una que de la otra, pero, con toda certeza, los múltiples colores de nuestras plumas son ineludibles y complementarios. Porque de esto se trata el escribir para aquellos que no ambicionamos ser escritores, y nos atrevemos a existir con más distancia de lo que es propio y personal. Para los que no buscamos la historia perfecta, sino que la verdad inmutable y común a todo ser humano.

Para los que continuamente aprendemos que la discordia es un atropello de la inteligencia, y de que el amor es el proyecto más íntimo y auténtico de todos los hombres. La poesía más bella es, finalmente, aquella que trae todas las estaciones del alma. Es el verso que, sin omitir el dolor, es capaz de resaltar el júbilo y la hermosura.
Bolsa de Maní

La paloma apareció de repente, y se posó primero sobre el encuesto de la silla. Me vio de reojo como todas las palomas, y empezó a dar saltitos hacia los lados. Su presencia no alteró mucho el paisaje pero distrajo mi pensamiento de la reflexión. Yo andaba molesta con esta falta de límites de la gente, con esta tendencia mía de acoger y motivar al solitario. La palomita saltó a la mesa ansiosa, había una bolsa de maní abierta al lado de mi taza de café. Ahora sí la miré en los ojos y sentí la invasión. Un pájaro así puede ser muy inofensivo, frágil e inocente. Y ese es el problema de los seres muy naturales: traen las necesidades bajo plumas, bajo una dulzura que es casi irresistible. Pero no era un buen día para tantear mi generosidad, por lo que cerré la bolsa y la guardé en mi bolsillo. Quedamos las dos frente a frente. Ella con hambre y yo con mi sustento guardado. Quizás lo necesite más tarde, quizás le regale a otra paloma, quizás lo bote por viejo y olvidado. Son míos, se lo he ganado con mi esfuerzo y trabajo. Y es cierto, son manís y no harán ninguna falta para mi salud. Pero, en este momento regalárselos sería una falla del espíritu, una falta de criterio, un acto de amor irresponsable. No, ahora el fracaso no nos serviría a ninguna de las dos, en realidad no le serviría a nadie. Una flor de jacarandá cae sobre la mesa, dividiéndola en dos. Me levanto con algo de alivio en el corazón y ella vuela hacia la copa lila y frondosa. Nos volvimos a mirar por una última vez y ella está inmóvil, a lo alto, como un poeta que acaba de comprenderlo todo. Y yo agitada, como quién acaba de descubrir un par de alas en el ánimo.
Maravillas de un Domingo


Llueve y el agua deja minúsculas pozas en el patio. El vaivén de los árboles se luce en estos espejos de primavera. Un zorzal atraviesa el aire y su vuelo regala olas amarillas al charco. Mi perra se acerca corriendo, pisa lo mojado con sus patitas saltarinas. Las gotas salpican mis pantalones de barro, de mañana, de alegría. Después se sienta frente al portón para hacer lo que más ama: cuidarnos. Su cuerpo grande y rubio se refleja entero en la poza más cercana. El agua, de alguna forma, la hace más increíble, más etérea, más eterna. El instante me permite contemplarla en todas sus dimensiones. Puedo apreciar el vigor de su raza en su pelaje, en su postura, en sus espaldas majestuosas que terminan en una cola bella y distinguida. Puedo sentir su imagen vibrando al compás del líquido, del arco iris que se abre a mis pies con un rayo más delgado de luz. Del otro lado está la sombra que hace su bulto contra el suelo. Una mancha más oscura y con orejas que se mueven. Mi perra sólo vive como Dios le manda y, sin ninguna pretensión, se desdobla en tres dimensiones, en los tres milagros de lo cotidiano. Mis ojos, atentos, se conmueven y me alerto de que el prodigio sigue por el universo brillante de mis retinas, por los campos vastos de mis recuerdos, por la misteriosa noche de mis sueños. Sin ninguna planificación, Dala y yo volveremos a encontrarnos muchas veces aunque no llueva como hoy, aunque los colores del cielo no se encanten con los del agua, aunque nunca más se repita esta constelación de fenómenos, aunque ella o yo no estemos, aunque la poesía ya no vuelva a alcanzarnos.

sábado, febrero 07, 2009

Vida & Poesía IV



Los Maestros están ocultos en todas las partes, en todos los hombres, en todos los aires, en todo aquello que nos hace sentir. Los Maestros son espejos gratuitos ante los cuales nos evaluamos, nos corregimos y nos comprendemos. La sonrisa del mendigo puede ser un gran maestro, el caminar incierto de una hormiga extraviada, la actitud indebida del jefe, la deslealtad de un compañero o el silencio noble de otro. Nada es en vano. Cada alegría y cada desencanto cumplen con enseñarnos lo que, de nosotros, todavía no se desvela.
Vida & Poesía III




De alguna forma el que escribe,
se confiesa. Y el que lee, perdona
Vida & Poesía II



Los Talentos


Los más tiernos,
los que todavía crecen y se desarrollan,
son los que nos permiten la inquietud, el movimiento,
la búsqueda incesante y gloriosa del que vive.


Los más sublimes,
los que nos abren primaveras en cualquiera de los solsticios,
son los que interrumpen el dolor y la muerte
con una racimo de renacimientos y fe.




Flávia Álvares Ganem
Vida & Poesía I



Para ti


Escribo para repetirnos
frente a la primavera.
Para contarte que la poesía
antes que todo
es anonimato.


Es un talento
que aún cuando se calla
en los cuadernos
se va sumando copiosamente
en las hojas infinitas del alma.